Muchas veces he despotricado acerca del machismo en mi profesión y acerca de como ha conseguido hacerme sentir muy dolida en ocasiones. Para muchas personas esto puede que suene como retahíla vieja, como un afán de victimizarme, como payasada, como una manera de llamar la atención o como una hablada de mierda. Pues puede que sí. Pero puede que no. Puede que para alguna mujer que viva en un mundo semejante al mío, en el que voltee a ambos lados y vea solo penes y respire testosterona, se sienta igual de subyugada que yo. Y lo peor es que se lo sueltan a uno de a poquitos...el machismo. Como un favor. Dandole like a una foto o comentario (como este por ejemplo) como si fuera un favor. Sintiendose ya grandes colaboradores y contribuidores a la equidad de género. Son esos que por trabajar con una mujer y decirle que se ve muy inteligente o muy capaz en pantalón ya fueron feministas. O se sorprenden porque uno sabe utilizar la llave de cubo o es capaz de cambiarle las candelas al carro.
Yo soy una de esas, donde sea que voy soy esa que en las fotos sobresale como frijol en olla de arroz. Que siempre es la chiquita, la mamita, la tita, la cosi, la tratemela con cariño, la demele con calma, la con ella mejor no, la usted mejor veanos y mejor tómenos el tiempo...
Y moverme en ese ambiente de hombres rudos y niveles altos de pelos, barbas, huevos y cuadritos me ha valido mi buen número de moretes, dedos quebrados, cicatrices, apodos (muchas veces no muy bonitos), cualidades y habilidades fuera de lo normal para una mujer y una lucha sin fin en contra de un sistema establecido por una sociedad priápica hace millones de años.
He logrado lo mismo, estudiado lo mismo, corrido lo mismo, pasado por los mismos trillos, nadado los mismos ríos;me he llevado los mismos culazos; me han picado igual las purrujas; me he raspado igual las rodillas; me he ensuciado la ropa; me he leído los mismos libros; he hechos los mismos exámenes; me han mordido perros; me han orinado, cagado, gruñido, movido el rabo; me he tenido que revolcar con ellos; he tenido que decirles adiós; he tenido que llorarlos; he tenido que cargar el mismo salveque pesado; he sentido sed; me ha quemado el mismo sol; he sentido las mismas ganas de comer; he extrañado mi casa y mi cama; también he tenido que ir a trabajar enferma o con el corazón roto; señores aunque no lo crean yo también he tenido historias de terror, de amenzas, de magia, de emoción.
Con la gran excepción que todo esto lo he hecho con ustedes burlándose, juzgándome o criticándome a cada paso del camino.
Por supuesto que me quejo. Obviamente que me canso. Ustedes encuentran apoyo en su mayoría, en su ambiente; yo entro quedando fuera siempre. Yo pongo un pie en una habitación e inmediatamente la conversación cambia. De repente todos se dedican a enseñarme, a ser mis maestros, a ser mis mentores, a corregir mis grandes errores que de pronto todos notan. Y no se trata de mi orgullo o mi pretención o aspiración a ser perfecta; no, porque yo soy plenamente felíz con mis defectos y mis fallas porque me permiten seguir creciendo y me hacen ser quien soy. Lo que no entiendo, y me ocasiona un sabor a hiel en la garganta; es el por que ustedes no pueden aprender de mi. Por qué no me escuchan? Por qué es tan ilógico que un hombre pueda aprender algo más que planchar y hacer la cena de una mujer?
De nuevo, señores, yo también estuve ahí, con ustedes...
Y ahí estaré, como un recordatorio que aunque silencioso, bien molesto evidentemente, cual paja o aguja en el ojo; porque nunca un hombre habla tanta caca como cuando se siente amenazado por los atestados de una dama.
Y ahí seguiré calladita aunque sea en un rincón, sonriendo, pensando para mi, que la distancia entre ustedes y yo cada vez se hace más grande, no en lo profesional (ahí estamos parejos desde hace rato); si no en la calidad de persona que ustedes se están dedicando a ser por no respetar a las mujeres.
No sólo a mi, a otras, a todas. No somos pobrecitas. Nos hemos requete jodido, insisto, así como ustedes. Seamos justos , en un mundo que está diseñado por y para hombres, las mujeres que decimos estas cosas no somos más que viejas regludas histéricas faltas de novios o de consolador.
Cuando en realidad, caballeros, lo que falta son hombres de verdad.
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